¿Alguna vez te preguntaste de dónde salieron las curitas? ¿A quién se le ocurrió inventarlas y frente a qué necesidad? Hoy están por todos lados, pero alguna vez no existieron. Por eso, les proponemos un viaje en el tiempo.
La historia es simple, pero una clara muestra de ingenio. Su origen se remonta a 1920, cuando Earle Dickson, un empleado de Johnson & Johnson, buscaba una solución práctica para su esposa, que solía lastimarse mientras cocinaba.
Dickson ideó un pequeño apósito adhesivo combinando una gasa con cinta pegajosa, permitiendo cubrir heridas menores de forma rápida y sin ayuda.
La empresa perfeccionó el invento y en 1921 lanzó al mercado las primeras curitas bajo la marca Band-Aid. Con el tiempo, el producto evolucionó: se volvió estéril, más resistente y fácil de usar.
Su popularidad creció especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los soldados las incluían en sus kits de primeros auxilios. Desde entonces, las curitas se convirtieron en un símbolo de cuidado básico.
Hoy existen en múltiples tamaños, materiales y diseños, pero su esencia sigue siendo la misma: una solución rápida para proteger pequeñas heridas y acompañar el proceso de curación.

