Seguro viste la imagen en alguna parte por estos días. Y es que la reciente publicación de una nueva pirámide de alimentos puso todo patas para arriba, generando polémica, instancias de reflexión y debate. Pero, sobre todo, poniendo sobre la mesa algo que importa y mucho: lo que comemos. A continuación, repasamos algunas claves del tema.
La nueva pirámide de alimentos propuesta en las recientes Guías Alimentarias 2025-2030 representa un cambio radical respecto a los modelos clásicos centrados en granos y calorías. Su objetivo principal es promover una alimentación más basada en lo que se denomina como “alimentos reales” y mínimamente procesados, con énfasis en la prevención de enfermedades crónicas como obesidad, diabetes y problemas cardiovasculares.
Una de las diferencias más visibles es que la pirámide está invertida: en la parte superior —que antes se reservaba a los alimentos que debían consumirse con moderación— ahora figuran proteínas de alta calidad, lácteos enteros y grasas saludables, acompañadas de frutas y verduras frescas. Esto indica que estos grupos deben tener un papel central en cada comida.
Entre las recomendaciones se destaca un mayor consumo de proteínas, calculado entre 1,2 y 1,6 gramos por kilogramo de peso corporal al día, tanto de fuentes animales como vegetales. Asimismo, se promueve la inclusión de grasas saludables de alimentos enteros como aceite de oliva, palta, frutos secos y lácteos completos.
La nueva pirámide también desalienta el consumo de ultraprocesados y azúcares añadidos, proponiendo evitar productos industriales, bebidas azucaradas y carbohidratos refinados. Los granos integrales siguen presentes, pero ocupan una posición menos dominante y se enfatiza su calidad sobre la cantidad.
Este enfoque busca simplificar el mensaje nutricional: priorizar alimentos densos en nutrientes, reducir productos artificiales y estructurar la dieta alrededor de ingredientes naturales para mejorar la salud pública a largo plazo.


