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Antibióticos: un recurso que debemos cuidar

El uso inadecuado de antibióticos favorece la aparición de bacterias resistentes y pone en riesgo la eficacia de tratamientos que hoy resultan fundamentales. Entender cuándo son necesarios, cómo utilizarlos correctamente y qué medidas ayudan a prevenir infecciones es parte de una responsabilidad compartida. Una nota por el Dr. Stefano Fabbiani para la revista Hola Salud.

Los antibióticos están entre los mayores avances de la medicina de las últimas décadas. Gracias a ellos, infecciones que alguna vez fueron una causa frecuente de muerte pueden tratarse hoy de manera eficaz. También hicieron posibles procedimientos que forman parte de la medicina actual, como cirugías complejas, trasplantes, quimioterapia y cuidados intensivos. Sin embargo, este recurso fundamental está perdiendo efectividad: las bacterias están desarrollando resistencia a los antibióticos.

La resistencia antimicrobiana ocurre cuando los microorganismos dejan de responder a los medicamentos que antes podían eliminarlos o impedir su crecimiento. En el caso de las bacterias, esto significa que una infección puede volverse más difícil de tratar y requerir antibióticos más complejos, con mayor toxicidad, tratamientos más prolongados o incluso internación. Entre 2018 y 2023, la resistencia aumentó más de un 40% y la Organización Mundial de la Salud estima un incremento continuo de las muertes asociadas a la resistencia a los antibióticos, que podrían llegar a 8 millones anuales para 2050.

La resistencia es producto de la capacidad de adaptación de las bacterias, que pueden adquirir cambios que les permiten sobrevivir a los antibióticos. Algunas desarrollan mutaciones y otras pueden adquirir genes de resistencia provenientes de otras bacterias. Cuando utilizamos un antibiótico, las bacterias sensibles son eliminadas o frenadas, mientras que aquellas que poseen mecanismos de resistencia pueden sobrevivir y multiplicarse. Por eso, cada vez que utilizamos un antibiótico ejercemos una presión selectiva sobre las bacterias. Esto no significa que debamos evitarlos cuando son necesarios, sino utilizarlos cuando realmente están indicados y de la manera correcta.

El uso adecuado empieza por el diagnóstico

Uno de los conceptos más importantes para la población general es que los antibióticos no sirven para tratar infecciones causadas por virus.

El resfrío común, la mayoría de las faringitis, muchas bronquitis y la gripe son ejemplos de enfermedades que habitualmente tienen un origen viral. Tomar un antibiótico en estas situaciones no acelera la recuperación y, en cambio, puede producir efectos adversos y favorecer la selección de bacterias resistentes. Esto explica una situación frecuente: una persona consulta por fiebre, tos o dolor de garganta y espera que le indiquen “algo fuerte”. Pero que un antibiótico sea un medicamento potente no significa que sea el adecuado.

La decisión de utilizar un antibiótico debe basarse en la evaluación clínica y, cuando corresponde, en estudios microbiológicos. No todos los antibióticos sirven para todas las bacterias ni todos los pacientes necesitan el mismo tratamiento.

El uso racional de antibióticos busca obtener el máximo beneficio para quien los necesita, utilizando el medicamento adecuado, en la dosis y durante el tiempo apropiados, y evitando tratamientos innecesarios.

Algunas recomendaciones sencillas pueden ayudar:

  • No tomar antibióticos por cuenta propia. Que un medicamento haya funcionado en una infección anterior no significa que sea apropiado para la actual.
  • No utilizar antibióticos que hayan sobrado de un tratamiento anterior ni compartirlos con otra persona.
  • No pedir antibióticos al médico cuando no están indicados. Una buena consulta médica no siempre termina con una receta.
  • Tomarlos exactamente como fueron indicados, respetando la dosis, los intervalos y la duración del tratamiento.
  • No modificar ni suspender el tratamiento por cuenta propia. Si aparecen efectos adversos o existen dudas, es mejor consultar al profesional que lo indicó.
  • No guardar antibióticos “por las dudas” para utilizarlos en el futuro.
  • No utilizar antibióticos para tratar cuadros virales, salvo que un profesional determine que existe además una infección bacteriana que requiera tratamiento.

El objetivo no es utilizar menos antibióticos a cualquier precio, sino utilizarlos mejor. En determinadas infecciones, no indicar un antibiótico puede ser tan importante como indicarlo correctamente en aquellas situaciones en las que sí resulta necesario.

Desde el punto de vista de la resistencia, la mejor infección bacteriana es aquella que podemos evitar. La vacunación, el lavado de manos, la higiene adecuada de los alimentos, el acceso a agua segura, las medidas de prevención y el control de las infecciones en los centros sanitarios reducen la cantidad de enfermedades que requieren tratamiento antimicrobiano.

¿Y si algún día los antibióticos dejan de funcionar?

Esta pregunta no es ciencia ficción. Algunas bacterias ya presentan resistencia a múltiples familias de antibióticos y pueden producir infecciones extremadamente difíciles de tratar. La resistencia reduce las opciones terapéuticas y puede hacer que procedimientos médicos habituales sean más riesgosos. Además, los tratamientos alternativos pueden ser más tóxicos, más costosos y requerir internaciones más prolongadas.

Por esta razón, la investigación científica busca nuevas herramientas. Una de las alternativas que ha recibido renovado interés es la fagoterapia, basada en el uso de bacteriófagos, también llamados fagos. Se trata de virus que infectan específicamente a determinadas bacterias y pueden destruirlas. A diferencia de un antibiótico, que puede actuar sobre distintos tipos de bacterias susceptibles, un bacteriófago puede tener una actividad extremadamente específica contra determinadas cepas.

Esta característica abre posibilidades interesantes, especialmente para algunas infecciones producidas por bacterias multirresistentes. Sin embargo, la fagoterapia todavía no constituye un reemplazo de los antibióticos.

La resistencia a los antibióticos no es solamente un problema de los médicos ni una responsabilidad exclusiva de los pacientes. Estos últimos, sin embargo, tienen un papel fundamental: no automedicarse, no exigir antibióticos cuando no son necesarios y utilizarlos exactamente como fueron indicados.

Los antibióticos no son un recurso infinito. Cada vez que los utilizamos de manera innecesaria contribuimos, aunque sea en pequeña medida, a un problema que afecta a toda la sociedad. Cuando los utilizamos correctamente, en cambio, contribuimos a preservar una de las herramientas más importantes que ha desarrollado la medicina.

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