Está claro que el protector solar es una de las principales herramientas para cuidar la piel frente a los efectos nocivos del sol. Y es que su función es reducir el impacto de la radiación ultravioleta (UV), responsable del envejecimiento prematuro, las quemaduras solares y el aumento del riesgo de cáncer de piel. Pero, ¿cómo funciona? Lo desentrañamos a continuación.
Existen dos grandes tipos de filtros solares: físicos y químicos. Los filtros físicos, también llamados minerales, contienen ingredientes como óxido de zinc o dióxido de titanio. Estos actúan como una barrera que refleja y dispersa los rayos UV antes de que penetren en la piel. Suelen ser bien tolerados por pieles sensibles y empiezan a proteger apenas se aplican.
Los filtros químicos, en cambio, absorben la radiación UV y la transforman en una mínima cantidad de calor que luego se libera. Necesitan unos minutos para activarse y suelen tener texturas más livianas y fáciles de extender.
El protector solar puede proteger contra los rayos UVA —relacionados con el envejecimiento y el daño profundo de la piel— y los UVB, principales causantes de las quemaduras.
Por eso es importante elegir uno de “amplio espectro”. El factor de protección solar (FPS) indica cuánto tiempo extra protege frente a los rayos UVB, pero ningún producto bloquea el 100% de la radiación.
Para que sea efectivo, debe aplicarse en cantidad suficiente, unos 20 a 30 minutos antes de la exposición, y renovarse cada dos horas o después de nadar o transpirar.

