Con la llegada del invierno, muchas personas notan que su piel se vuelve tirante, áspera o incluso agrietada. La resequedad cutánea, o xerosis, se intensifica en esta época del año debido al frío, la baja humedad y ciertos hábitos que afectan la barrera natural de la piel. A continuación, una nota de la dermatóloga Dra. Gimena Pisorno para nuestra revista hermana Hola Salud.
La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo y actúa como una barrera viva entre el mundo exterior y nuestro interior. Está compuesta por tres capas principales: epidermis, dermis e hipodermis. La más superficial, la epidermis, representa la primera línea de defensa frente a agresiones externas como el frío, el viento, la radiación UV o productos irritantes.
Dentro de la epidermis, la capa córnea es la responsable de mantener el equilibrio. Está formada por células muertas llamadas corneocitos, embebidas en una especie de “cemento” compuesto por lípidos (grasas naturales). Esta estructura actúa como un verdadero muro protector que evita la pérdida de agua y bloquea la entrada de agentes irritantes o microorganismos —función conocida como barrera cutánea.
La piel cuenta con glándulas sebáceas encargadas de producir sebo, una sustancia grasa, que lubrica, impermeabiliza y contribuye al equilibrio de esa barrera. Cuando esta barrera se altera por el clima frío, duchas largas y calientes, el uso excesivo de jabones o incluso ciertas enfermedades, la piel pierde agua, se vuelve tirante, áspera, pica y puede llegar a agrietarse. Esta es la resequedad o xerosis cutánea, una condición muy común, especialmente en invierno.
Algunas personas son más propensas a experimentar resequedad cutánea, ya sea por predisposición genética, edad, tipo de piel o enfermedades crónicas como dermatitis atópica, psoriasis, hipotiroidismo o diabetes. Con el paso del tiempo, además, la producción de lípidos naturales disminuye, por lo que las personas mayores suelen tener mayor resequedad.
Las zonas más afectadas suelen ser aquellas con menos glándulas sebáceas y mayor exposición o fricción: piernas, brazos, dorso de las manos, abdomen, espalda y rostro. En casos más severos, la piel puede agrietarse o picar, aumentando el riesgo de inflamación o infecciones.
En invierno, la humedad ambiental disminuye y los ambientes calefaccionados secan aún más el aire. Esta falta de humedad favorece la pérdida transepidérmica de agua, en particular si pasamos muchas horas en interiores con calefacción o frente a fuentes de calor directo. Esto explica por qué muchas personas notan que su piel se vuelve más seca justo al comenzar el clima frío.
¿Cómo prevenir y tratar la resequedad?
El primer paso es proteger la barrera cutánea, evitando todo aquello que la dañe. Pequeños cambios en la rutina pueden hacer una gran diferencia.
Aconsejamos duchas cortas y tibias porque, aunque parezca contradictorio, el agua en exceso puede empeorar. A su vez, el agua muy caliente arrastra los lípidos naturales de la piel.
Es ideal usar limpiadores dermatológicos, que son suaves, sin jabón y con un PH parecido al de la piel (tipo syndets). Se deben evitar productos muy espumosos o con fragancias intensas que puedan ser irritantes, así como también el uso de esponjas o cepillos.
Se recomienda secar la piel con suavidad, sin frotar y aplicar crema hidratante en los momentos siguientes a la ducha, debido a que es cuando la piel esta más permeable y húmeda.
Conviene elegir emolientes y humectantes ricos en lípidos como ceramidas, glicerina, urea o mantecas vegetales. Estos ingredientes ayudan a restaurar la barrera cutánea y retener el agua.
Lo ideal es aplicar una crema hidratante al menos dos veces por día, especialmente luego de la ducha y antes de acostarse. Si la piel está muy seca, se pueden usar cremas más densas por la noche y texturas más ligeras durante el día. Los productos con urea a 5% o 10%, glicerina, ceramidas o ácido hialurónico son buenas opciones. Muchas veces con estos cambios sencillos mejoran de forma sustancial la resequedad y las molestias.
El uso de productos con alcohol, fragancias intensas, extractos vegetales no controlados o jabones de ropa puede empeorar la resequedad y generar reacciones irritativas o alérgicas.
En interiores, se deben evitar ambientes con aire muy seco o con calefacción directa, de ser posible se aconseja utilizar humidificadores en invierno. Mientras que, en el exterior, debemos proteger la piel del frío y del viento con ropa adecuada, en particular manos y rostro. Mantener una ingesta de agua adecuada también es importante.
Si bien muchas personas mejoran con cuidados básicos, no todas las pieles secas son iguales. Si la resequedad persiste o se acompaña de enrojecimiento, descamación o picazón intensa, es fundamental consultar al dermatólogo, ya que puede tratarse de una dermatitis, una alergia o alguna afección crónica que requiera abordaje médico.

